viernes, 30 de junio de 2017

ALTO DEL LEÓN A CERRO MOSTAJO




El antiquísimo Alto de Tablada, allá cuando la literatura arrancaba el Siglo de Oro, ha variado de nombre hasta el actual Alto del León. Ya los romanos usaban este paso, pero no fue hasta el siglo dieciocho cuando se construyó una ruta con pavimento. Recuerdo de aquella obra terminada en tiempos del Marqués de la Ensenada, ministro de Fernando VI, se construyó el monumento con el león y la inscripción latina que lo acompaña.



 “Ferdinandus VI pater                           “Fernando VI, padre de la patria,   
Patriae viam utrique castellea                 hizo el camino para ambas castillas
Superatir montibus fecit an                    por encima de los montes, el año de
Sallutis MDCCXLIX regni sui IV”        nuestra salvación MDCCXLIX,
                                                                 IV de su reinado”

Hoy los montañeros cuidan no ser atropellados por algún coche mientras hacen una fotografía al león del Alto del León, antes de adentrarse por una talanquera en la sugestiva marcha propuesta para esta jornada. Seguramente el inicio es feo, hasta sobrepasar el Cerro La Sevillana donde conviven restos de la triste guerra civil de antaño con un  sórdido espectáculo de antenas y otros hierros. Muy pronto quedará atrás  este lúgubre espectáculo para comenzar a caminar por un ameno bosquecillo de pinos que nos adentra en una sucesión de cimas de esta cadena del Guadarrama.

Acogidos, pues, a la sosegada caricia de la multitud de pino albar, los montañeros estamos en el Collado de la Sevillana donde el corazón se adentra en el trino de las aves y el aroma del cantueso. Sin percibirlo apenas, ascendemos un pequeño cerro sin nombre y continuamos caminando por la cima; a nuestra derecha encontraremos en breve el Collado del Arcipreste de Hita con la portezuela que nos lleva hasta las Peñas del Arcipreste, como describí en la anterior entrada.

Los montañeros buscan las huellas del Arcipreste de Hita. Por fortuna, la modernidad ha colocado diferentes hitos y carteles que lo recuerdan.

Seguimos camino hacia el Cerro de Matalafuente. El sendero serpentea cosiendo Segovia y Madrid, el corazón respira en todas partes la misma libertad y el mismo deseo de paz. Vencemos la fuerte pendiente con el ánimo puesto en la búsqueda de nuestro siguiente objetivo, un manantial que tuvo importancia estratégica durante la espantosa guerra civil. Encontramos el manantial entre altos pinos y derruidas ruinas hacia la vertiente segoviana. Los montañeros guardamos un momento de silencio, la angustia del mundo violento parece reclamar un grito de silencio entre estos matorrales. El corazón se acelera por el deseo de paz, continuamos la marcha.

En el Cerro de Matalafuente encontramos el manantial entre altos pinos y derruidas ruinas.

Continuamos la marcha con el pensamiento puesto en la tozudez humana que una y otra vez vuelve a la intolerancia y a la pelea. La montaña limpia nuestra alma y la llena de entusiasmo y esfuerzo para subir hacia la Peña del Cuervo. Accedemos a esta alta meseta, tal vez sea otero, tal vez dilatada cumbre, a través de una portilla de piedras puesta por la naturaleza hace millones de años… ¿desde entonces espera las visitas de los montañeros? ¡La paciencia que tiene la montaña! Montaña adelante, cerro a cerro, estamos descendiendo entre senderos de piedra y vegetación creciente hacia el Collado Mostajo. Allá aparece la Peñota, enhiesta y sublime, es una inmensa llamarada de piedra.

Desde la Peña del Cuervo, la Peñota al fondo es una enhiesta y sublime llamarada de piedra.

Subimos el Cerro Mostajo, dominado por matorral bajo, por abundante brezo, por animalillos vivaces y correosos. Pero aquí estamos felices, aquí respiramos sosiego y dulzura montañera. Estamos seguros de que no se dan las condiciones para que en esta jornada tengamos que hacer el esfuerzo de capturar a ningún jabalí de Erimanto. Va llegando el mediodía en plena placidez, por eso, a la vista del Collado de Gibraltar y de la ya más cercana Peñota, nos guarecemos entre unas rocas para comer las viandas que acompañan nuestra serena ruta. Después, regresaremos sanos, amigos y con el objetivo cumplido.

Javier Agra.


miércoles, 28 de junio de 2017

PEÑAS DEL ARCIPRESTE





LIBRO DE BUEN AMOR, ARCIPRESTE DE HITA.
Cantiga de la serrana fea, Aldara, de Tablada

Cerca de Tablada,              ESTROFA 1022
la sierra pasada,
me hallé con Aldara,
a la madrugada.

En lo alto del puerto           ESTROFA 1023
temí caer muerto
de nieve y de frío
y de aquel rocío
y de gran helada.

En la descendida,                ESTROFA 1024
eché una corrida;
hallé una serrana
hermosa y lozana
y muy colorada.

Yo, como soy humano y, por tal, pecador,              ESTROFA 76
sentí por las mujeres, a veces, gran amor.
Que probemos las cosas no siempre es lo peor;
el bien y el mal sabed y escoged lo mejor.

Las Peñas del Arcipreste recuerdan en la inscripción “AL ARCIPRESTE DE HITA CANTOR DESTA SIERRA DO GUSTÓ LAS AGUAS DEL RÍO DE BUEN AMOR”

Hasta las Peñas del Arcipreste, se puede llegar desde diversos caminos. Uno muy recomendable es desde Tablada a donde se llegará en tren o en coche. Un sendero muy bien trazado permite admirar esa parte de la sierra de Madrid fronteriza con Segovia.

Nosotros llegamos en coche hasta el Alto del León para caminar la cuerda que une este punto con la Peñota a través de diversas cumbres de reconocido nombre: otro día haré también un recorrido “literario” por esa ruta, hoy me quedo con las Peñas del Arcipreste.

Caminando por la linde cimera entre Madrid y Segovia, apenas superamos el Cerro de la Sevillana, hacia la derecha en su Collado, se abre una puerta en una cerca de piedras entre pinos y matorral; el sendero está muy marcado, es el que después se puede continuar para bajar hasta Tablada. El Arcipreste de Hita que sentía viva la naturaleza llegó en diferentes ocasiones hasta esta grandiosidad de rocas, vegetación y trinar incesante de pájaros.

Un cartel indicador nos invita a mirar admirados las rocas que el Arcipreste de Hita visitó en más de una ocasión; un poco más allá, otro cartel recuerda algunos versos de su variado poemario “Libro de Buen Amor”.

El lugar donde narra sus aventuras con la serrana Aldara de Tablada, se antoja pastoril al modo como nos imaginamos las más afamadas aventuras que nos ha contado la literatura. Alfombras de cantueso y hierba, sombras de pinar, frescor de roca y viento son sosiego para el espíritu y respiración libre para el corazón. Acaso nuestro arcipreste pasara por aquí algún día de ventarrón y nieve, hoy es poco probable que nos sacuda “la nieve y el frío de la gran helada”.

El montañero contempla la inscripción que recuerda al Arcipreste de Hita, desde la admiración a la poesía de la montaña y de la vida.

Las montañas de la sierra son hoy lugares de paseo frecuente, son espacios habitados durante las horas del día por montañeros que comparten sosiego y paz con las aves y los reptiles. Pero ahí están las Peñas del Arcipreste, sobre las que se ha escrito el recuerdo de su paso; las Peñas conversan con los actuales visitantes sobre pasados de dureza de vida, de tiempos siempre difíciles, de superación constante, de corazones que palpitan paz.

Javier Agra.

martes, 13 de junio de 2017

MONASTERIO DE SILOS: CLAUSTRO ROMÁNICO




Restos arqueológicos hablan ya del monasterio desde el siglo nueve. Mediado el siglo diez, el conde Fernán González dona un terreno al monasterio para que allí se pueda mantener una vida tranquila observando la Regla de San Benito. El año mil cuarenta llega Domingo Manso, procedente de San Millán de la Cogolla, desde entonces conocemos al Monasterio con el nombre de este santo abad, emprendedor y dinamizador de la doble columna que anima la religiosidad monástica y aún la vida humana en su conjunto: la reflexión profunda y constante, que para los creyentes se acostumbra llamar oración, y el trabajo como forma de construcción personal, social y de un mundo mejor. Es el conocido lema “ORA ET LABORA” que recuerda la tradición de los monasterios.

Claustro de Santo Domingo de Silos

El huésped pasea silencioso, muy despacio, cuidadoso de poner los pies en las pisadas donde reposan los pasos de miles de pisadas de historia que respira este claustro de catorce arcos en dos de sus lados y dieciséis arcos en los otros dos lados. El huésped se metamorfosea en monje del Medievo, su camisa es ahora hábito monacal entre la luz de colores del brillo de la piedra, escucha sonidos de la multitud de animales fabulosos y reales que cobran vida entre sus capiteles antiguos.

El arte tiene como privilegio no quedarse dormido en el tiempo. El arte es siempre vivo presente. El espectador del arte, de cualquier arte, actualiza la vida antigua. Hoy los capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos hacen respirar a la piedra antigua para volar por el aire y saltar en los montes o nadar en algún lejano mar. El arte de la materia se transmite de espíritu a espíritu. El huésped, que pasea por el claustro, admira el pasado tiempo y lo devuelve a la vida, a la luz, a la naturaleza. Los capiteles salen de la piedra y vuelven a volar por los campos castellanos de donde los recuperaron artistas medievales.

El huésped pone sus pies sobre las huellas de pisadas antiguas.

Los cuatro ángulos del claustro bajo de Santo Domingo de Silos son una bella pedagogía de la historia de Jesús narrada en piedra y luz de amanecer cuando el huésped camina del asombro al misterio, de la poesía a la vida, de la música al universo entero, del siglo once al siglo veintiuno. El árbol de Jesé muestra la genealogía de Jesús y el capitel se une a la Anunciación de Gabriel a María, con a su coronación.

Capital pedagógico y ornamental con la muerte de Jesús en la cruz y el Descendimiento.

Camina el visitante, camina el huésped, camina el monje hasta el siguiente ángulo del claustro donde se expresa la muerte de Jesús en la cruz, con su Descendimiento; para unirlo con el capitel de la sepultura silenciosa y la resurrección de Cristo entre cánticos de gloria. Paso a paso, la luz de la tarde pinta de brillos nuevos el ángulo ante el que me detengo para admirar el conocidísimo episodio de la duda de Santo Tomás y su confesión de fe porque ha metido su puño en el costado de Cristo atravesado por la lanza de Longinos mientras lo demás apóstoles contemplan en respetuosa oración; el capital contiguo muestra a los dos discípulos que se dirigen a Emaús acompañados por Jesús a quien descubrirán como Cristo resucitado cuando partan el pan.

Los animales de los capiteles salen de la piedra y vuelan de nuevo por los campos castellanos, saltan por los cercanos montes, nadan por los mares lejanos.

La Ascensión del Señor se muestra en el cuarto ángulo del claustro y, con él, Pentecostés que da paso al tiempo de la Iglesia. Nuestra Señora de Marzo y el Cenotafio de Santo Domingo de Silos son dos majestuosas esculturas del siglo catorce que llenan de admiración devota y silenciosa a cuantos llegamos al claustro de Santo Domingo de Silos buscando sosiego y arte, vida y oración.

Además está el ciprés superviviente de los cuatro que se plantaron, está la fuente, los paseos entre el reducido huerto o jardín…

Javier Agra.

sábado, 27 de mayo de 2017

MONASTERIO DE SILOS: CAMINO DEL CID



MÍO CID: En San Pedro, a maitines / tañerá el buen abad;
la misa nos dirá, / esta será de Santa Trinidad;
la misa dicha, / pensemos en cabalgar,                                   320
que el plazo está cerca, / mucho tenemos que andar.

NARRADOR: Como lo mandó mío Cid, / así todos los harán.
pasando la noche, / el día viniendo está;
a los mediados gallos, / piensan en cabalgar.
Tañen a maitines / con una prisa tan grande;                             325
mío Cid y su mujer / a la iglesia van.

ÁNGEL (en sueños a mío Cid):
Cabalga, Cid, / el buen Campeador,                                          407
que nunca en tan buen punto / cabalgó varón;
mientras que viviereis / bien saldrá todo a vos.

Desde la bien labrada huerta del Monasterio de Santo Domingo de Silos contemplo la capilla de la Virgen del Camino y los senderos por los que salieron camino del destierro, el Cid y sus mesnadas.

La Eucaristía en el Monasterio de Santo Domingo de Silos es toda cantada en gregoriano, salvo las lecturas bíblicas. Sesenta minutos de sosegada armonía matinal antes de salir a los campos a labrar, a estudiar a la biblioteca, a multitud de tareas que realizan a diario los monjes.

Yo, que solamente soy huésped temporal, me dedico a recorrer los alrededores. Hoy salí de la abadía, dejé atrás Silos, por la puerta de la muralla para seguir al Cid en su camino de Destierro. Los primeros pasos, valiente Cid, debieron ser más duros por el abandono de quien fue tu señor en la tierra, pero también por la empinada cuesta hasta superar la ermita de la Virgen del Camino. Seguramente las huestes de nuestro épico personaje no vieron construida la ermita pues es bastante más reciente.

Entre las sabinas del Alto de Valdefradas camino pisando las mismas huellas que dejara, tiempo atrás, el caballo Babieca con su menesteroso jinete.

Tal vez esté ahora mismo pisando las huellas que dejara Babieca entre las antiguas sabinas del Alto de Valdefradas. Bien pudieron cabalgar en el silencio de la mañana por esta amplia meseta; quiero imitar su silencio para así mejor escuchar al rabilargo, a la chova piquirroja y otras aves canoras, también de vez en cuando miro al cielo para contemplar el sigiloso vuelo del águila perdicera. El sendero está muy marcado, pero aunque no fuera así la dirección que siguieron sus tropas no tiene pérdida entre este suelo verde de la primavera.

Con unción cenobítica besé una piedra del camino y la deposité en el "Moreco del Santo”

Con unción cenobítica besé una piedra del camino y la deposité en el “Moreco del Santo”; hice aquí una breve pausa porque según algunas informaciones, acaso más legendarias que históricas, aquí se detuvo la comitiva que llevó a Santo Domingo para ser enterrado en el Monasterio. El sendero continúa por una sinuosa curva hacia la izquierda. Enseguida aparecen dos altas lomas, las cumbres más ciertas de estos alrededores, a sus pies seguramente harían una parada el Cid y su compañía para que las caballerías bebieran en estos que hoy son arroyos y prados de fresca hierba.

Estas dos preciosas montañas cierran un valle intermedio por el que me adentré hasta tocar la cima que asoma a nuestra izquierda. El momento fue solemne pues llegué entre una finísima e insignificante llovizna que desapareció de inmediato, antes aún de consolar a esta desolada tierra.

A la vista de los llanos de Pinarejos, regresé y subí por un curioso valle hasta tocar la cima de la más alta de las dos cumbres que cierran el valle, seguramente con un nombre sugerente y que desconozco. Fuera ya de los senderos trazados por el Cid ni por ningún otro posterior caminante, me adentré a rumbo de avezado montañero entre montes y valles de numerosísimos enebros, en la dirección en que a mi parecer estaba el pueblo de Silos y su abadía.

En una amplia pradera de soledad y misterio, de canciones y poemas, de lento paso y paz inmensa se salieron ladrando unos perros, siguieron mis pasos un trecho y ladraban más por compromiso que por despecho hacia mi persona. Yo, que he oído que la música amansa las fieras, comencé a entonar una música en aquella soledad silenciosa; los perros huyeron de mí, temiendo a mi desentonada voz más que a los mandobles mismos de la espada Tizona. Después me contaron en el pueblo, mientras tomaba café en un bar, que pasé paredaño a un rebaño de más de mil ovejas, los perros hacían su trabajo de guarda cuidadosa.

Esta es la imagen de la cortada en la roca que me impidió continuar descendiendo por el arroyo.

Me adentré en un arroyo, el agua siempre va a algún pueblo –pensé para mis adentros– y no tardé en encontrarme con una cortada rocosa que me impidió el paso. Busque y busqué tanto que encontré otra salida a mi entender definitiva, pues hallé una arqueta de conducción del agua; seguí, pues, este nuevo certero camino y no tardé en llegar a un prado de recreo y a la vista misma de los tejados de Silos. Un par de recodos más allá terminé viendo la huerta del Monasterio de donde había partido siguiendo los pasos de mío Cid.

Javier Agra.