sábado, 10 de noviembre de 2012

EL ARROYO ANGOSTURA SE VA AL MAR


El Lozoya se ha bebido sus aguas.
Pero, hasta hace muy pocos kilómetros, el arroyo Angostura – tan estrecho que apenas le entra el nombre de río – tenía dibujada la silueta de la Cuerda Larga de la Sierra de Madrid en su seno transparente de fina arena y brillante piedra; más allá del Pico Valdemartín – donde coronan en nube y brillo las Cabezas de Hierro – ponía sus primeros pañales a arroyuelos con otros nombres que ahora lamen ladera abajo la empinada cuesta hasta encontrarse entre los pinos y entre los tejos asombrados de Valhondillo donde la espesura canta misterio de silencio y violines de pájaros.




 
El Lozoya se ha bebido sus aguas.
¡Quién sabe sus conversaciones sobre las cascadas del Purgatorio y los longevos tejos de encorvadas y poderosas ramas! El río Lozoya presume de sus mágicas aguas en sus conversaciones con el Manzanares al mismo tiempo que se enteran que han perdido sus nombres. Ahora, corriente abajo, escuchan que les nombran y les leen con el sonoro y pegadizo nombre de Jarama. Ahora el arroyo Angostura camina más despacio porque ya no tiene que dar de beber al angosto valle hondo por el que pasó hace días entre pinos, tejos y helechos adormecidos por el tiempo y la mañana.


El Jarama se ha bebido sus aguas.
Y está aprendiendo que otras gotas llegaron desde la Peña Cebollera, donde hace tiempo inició el río su recorrido; y oye hablar de multitud de provincias y de diversas geografías; el arroyo Angostura pasea su vista por la inmensidad de las llanuras que se abren a Castilla y a la Mancha; comparte ahora sus recuerdos, de montañas encerradas, con otras aguas que viajan desde otros lugares y otros ritmos. Ahora entiende las conversaciones libres de las aves cuando hablaban de tierras lejanas y lugares donde abundaba el grano y la sementera y recuerda, pese a que aún es agua joven, los brillos de la luz entrando entre las frondas allá en su tierra natal de la montaña; ahora entiende que es agua más allá de nombres y fronteras; ahora entiende que es vida en las raíces y en las cavernas, en las praderas verdes y en el aire que recorre libre la tierra.



El Tajo se ha bebido sus aguas.
El Tajo es un río viejo que ya llega con las barbas de varias Comunidades y de muchas sierras y de muchos nombres de pueblo y de muchos saltos y de tantas cosas que hacen de su cabeza de agua una sabia enciclopedia. Más de ochocientos kilómetros recorriendo España y al entrar en Portugal escucha que le llaman el Tejo – dicen los humanos que tarda cuarenta y siete kilómetros en decidirse a pasar a Portugal desde que le da su primer abrazo de agua –; el arroyo Angostura ha llegado a Lisboa y se da cuenta de que está tomando el sol en el estuario del Mar de la Paja antes de entrar, con ojos asombrados, en el inmenso Atlántico. Ahora que se llama océano, recuerda que antes fue río Tejo, antes… y piensa en su primer nombre y en sus viejos y silenciosos tejos; ahora que juega con los bulliciosos arenques y las pausadas ballenas, recuerda el silencioso brillo de los antiguos tejos y la música armónica del ruiseñor y del petirrojo.



El Atlántico se ha bebido sus aguas.
El arroyo Angostura ha pensado que va a regresar a su Sierra aprovechando un ramal de luz una noche de luna llena; o acaso viaje en el interior de una nube una tarde de tormenta.

Javier Agra.


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